Lluvia, paro y presión fiscal: el combo que hoy asfixia al productor
El impacto de las lluvias y los paros logísticos vuelve a poner en evidencia la presión de costos e impuestos sobre la producción. Un ejemplo concreto muestra cuánto se diluye la rentabilidad del productor.

En plena campaña gruesa, el campo argentino vuelve a enfrentar una combinación de factores que golpean de lleno en su ecuación económica: problemas logísticos, condiciones climáticas adversas y una estructura de costos e impuestos que achica al mínimo los márgenes.
El ex funcionario y referente agropecuario Néstor Roulet expuso en sus redes sociales un caso concreto que refleja la situación productiva actual. Según describió, tras una semana perdida por un paro de transportistas, las lluvias y lloviznas volvieron a frenar la cosecha, justo cuando la soja ya está madura y comienza a deteriorarse en el lote.
“El productor tiene hasta 400 mil dólares a cielo abierto sin poder cosechar”, graficó, en referencia a un campo de 300 hectáreas. La demora no solo implica riesgos productivos —como la apertura de chauchas y la pérdida de granos— sino también un impacto económico directo que se agrava con el paso de los días.
Pero más allá del clima, Roulet puso el foco en la estructura de distribución de ingresos que deja el negocio agrícola. En su ejemplo, una producción estimada en 12 camiones de soja enfrenta una larga lista de descuentos antes de transformarse en rentabilidad real.
De ese total, un camión se destina al pago de la cosechadora (9%), otro al transporte (10%), mientras que cerca de 2,86 camiones se van en concepto de derechos de exportación y costos asociados al traslado al puerto. A esto se suman unos 5 camiones necesarios para cubrir insumos y labores financiados, lo que reduce drásticamente el resultado operativo.
El saldo: apenas 2,14 camiones. Pero la carga impositiva no termina ahí. Sobre ese remanente, el productor aún debe afrontar tributos como Ganancias, Ingresos Brutos y el impuesto al cheque, lo que termina dejando, según el cálculo, poco más de un camión neto. Y de allí todavía deben descontarse impuestos inmobiliarios y tasas viales.
El planteo refleja con crudeza cómo, incluso con rindes aceptables —en este caso, 40 quintales por hectárea—, la rentabilidad queda fuertemente condicionada por factores que exceden al productor. En ese contexto, cualquier imprevisto, como una lluvia persistente o un conflicto en la logística, puede transformar una campaña viable en un resultado ajustado o incluso negativo.
La combinación de clima, costos crecientes y presión fiscal vuelve a poner sobre la mesa un debate recurrente en la economía argentina: el peso de la estructura impositiva sobre los sectores generadores de divisas y la necesidad de mejorar la competitividad sistémica.
Mientras tanto, en los campos, la cuenta es más simple y urgente: cada día sin cosechar no solo retrasa ingresos, sino que también puede traducirse en pérdidas concretas en un negocio donde los márgenes ya vienen cada vez más finos.


